Un taller de artista rara vez está ordenado, pero casi siempre está compuesto. Los papeles fijados con chinchetas, las acuarelas ensayando colores, los botes de pinceles y la luz de un ventanal forman una obra que nadie firma.
Me gusta mirar estas paredes como si fueran collages: una mancha naranja junto a un boceto en blanco y negro, un reloj que nadie mira, una cinta de papel. Todo está ahí porque alguien necesitó verlo.
Quizá la lección para casa sea esa: una pared de trabajo, aunque sea pequeña, hace más compañía que una pared perfecta.
