Ejemplar de Orgullo y prejuicio, de Jane Austen, con cubierta azul ilustrada

Juicios de solapa

Hoy voy a cuestionar una de las enseñanzas que nos ha remitido la tradición oral, y que atañe a la escrita: ¿se debe o no juzgar un libro por su portada?

Es evidente que como objeto, el libro tiene una carga simbólica muy potente porque fue creado para almacenar y transmitir saber, propósito que lleva sirviendo miles de años, a pesar de haber sufrido la censura y la más dura de las represiones.

A este mártir de la cultura le debemos la memoria de nuestra especie. Un título honorífico de ese calibre, trasciende incluso la información y las historias que albergan sus páginas.

En japonés la palabra tsundoku se refiere al hábito de adquirir libros y almacenarlos sin leer. Aunque a priori parezca una práctica superficial, podría tener beneficios psicológicos reales.

Según la teoría de la “antibiblioteca”, desarrollada por el ensayista Nassim Nicholas Taleb en El Cisne Negro, las obras que no hemos leído son un recordatorio de lo que nos queda por aprender. Una cura de humildad que nos ayuda a proyectarnos en el futuro.

Marketing y diseño editorial

¿Existe el amor a primera vista? Sus detractores argumentan que se trata de una trampa de nuestro cerebro, capaz de evaluar en cuestión de segundos el atractivo biológico de una persona y comparar los resultados con las cualidades que buscamos (de forma consciente e inconsciente) en una pareja romántica.

Aunque es un buen comienzo, en esa fase todavía no existe el apego necesario para que nazca el amor. Consciente del cliché, me atrevo a decir que con una novela ocurre algo similar. La portada añade una capa de significado estético y unifica el continente con el contenido. Es la responsable de seducir a los lectores potenciales para que en ultima instancia puedan enamorarse de una obra.

Por supuesto, el enamoramiento no sucede siempre, pero cuando sentimos que la belleza de la portada no ha hecho sino anticipar la belleza de la narrativa, la intensidad del flechazo se multiplica.

Aterrizamos el concepto

Con ese objetivo trabajan editores, ilustradores y diseñadores gráficos. Estudian la trayectoria del autor, el texto, el “target», las tendencias del mercado…y construyen un imagen acorde, aplicando la teoría compositiva y los elementos artísticos fundamentales (línea, figura, forma, color, espacio, textura y valor) como lo haría cualquier artista plástico.

Y el resultado puede ser también digno de un museo, el propio MoMA tiene una colección muy destacada de libros de artista y ha incorporado en varias ocasiones portadas para enriquecer sus exposiciones. Entre ellas las de Alvin Lustig, diseñador estadounidense que revolucionó el sector con sus creaciones en la década de los cincuenta.

La experiencia literaria cambia no solo con la cubierta sino con la encuadernación, el tamaño, los ornamentos, la fuente o el papel en el que se imprime un ejemplar.

Las publicaciones de bolsillo invitan a subrayar frases y hacer anotaciones en los márgenes, mientras las ediciones especiales, enfocadas a coleccionistas, pueden ser auténticos artículos de lujo y se elaboran con materiales de mayor calidad y una marcada atención al detalle. Antes de decantarnos por un formato u otro, conviene tener en cuenta qué tipo de interacción buscamos.

Elegir un libro por su aspecto físico no parece ya tan descabellado, mucho menos si tenemos en cuenta que el packaging editorial es un filtro muy eficaz para captar al lector ideal y disuadir al resto, garantizando un mayor grado de satisfacción entre los “consumidores finales”.

Caso práctico de actualidad: el rotundo éxito de ventas Comerás flores, de Lucía Solla Sobral, una reflexión contemporánea sobre el desequilibrio de poder en la pareja. El título es evocador y poético y, en mi opinión, se complementa a la perfección con la portada, que juega en la misma línea de minimalismo lírico.

Todo apunta a que formo parte del público objetivo porque cuando lo descubrí me sentí atraída tanto por su identidad visual como por su temática. Por supuesto, esto no implica necesariamente que me vaya a apasionar la novela, pero aumenta las probabilidades de que ocurra…(¡Lo descubriré pronto porque estoy deseando leerla!)

De la misma manera, si alguien sintiese indiferencia o rechazo al ver la portada, lo normal es que tampoco conectase con la sensibilidad artística de la autora.

Literatura y decoración

Como ya hemos visto, los libros son objetos estéticos, pero tienen una inmensa ventaja frente a otros elementos puramente decorativos: ¡tienen alma!, y nos transmiten paz al evocar el ambiente introspectivo de una biblioteca. Ya sea amontonados en el suelo con un aire bohemio o dispuestos de manera organizada en una estantería, transforman la atmósfera con su sola presencia.

La mesita del café y otros retos decorativos

En la actualidad una tendencia muy consolidada es la de adornar la mesa del salón con tomos de gran tamaño bautizados en inglés como coffee table books y caracterizados por la profusión de imágenes y las atractivas portadas.

Libros y una taza de café sobre una mesita de madera

Editoriales como Taschen se han especializado en la producción de libros que cumplen con estos parámetros sin renunciar a la calidad del texto (aunque por lo general mantienen un perfil divulgativo).

Las temáticas son variadas: moda, fotografía, arquitectura, viajes, interiorismo, pintura…

Lo ideal es elegir una publicación no solo bonita, sino capaz de aportar valor y vincularnos sentimentalmente con el lugar que va a presidir en nuestra casa.

Para los amantes del arte: las tiendas de los museos suelen tener una selección bibliográfica muy cuidada y mucho más técnica.

Aunque no hay nada como visitar una librería de viejo para dar con un tesoro olvidado que eleve nuestra colección.

Y si en la mesita solo cabe el café, cualquier rincón es bueno para experimentar.

Hay un universo de posibilidades más allá del revistero y el atril de toda la vida. La corriente del backwards books promete acabar con el ruido visual colocando los lomos hacia dentro, y con los “hacks” de insta se puede aprender, entre otras cosas, a convertir un soporte de platos de Ikea en un estante flotante (Confieso haberlo probado para exponer mis guías de viaje).

Pero por ingeniosa que sea la solución, se verá impostada si no refleja la personalidad y la vida de quienes habitan la casa.

Como los detalles son los que marcan la diferencia, los libros serán los primeros en delatarnos. Si compramos cualquier ejemplar con la única intención de que actúe como un ancla visual, tarde o temprano dejará de gustarnos o cambiaremos el mobiliario y no pegará con el verde tiza del sofá nuevo.

No perdamos de vista que una biblioteca es una herramienta, no un elemento de atrezzo. Debería crecer de forma orgánica con nosotros y responder primero a nuestros intereses académicos y literarios. Es la única manera de que armonice con lo que somos y le aporte coherencia a nuestro hogar.

Entonces…¿juzgar o no juzgar?

El mundo está cambiando… las ciudades se densifican y los avances tecnológicos recientes nos sitúan a las puertas del transhumanismo. En un clima semejante, leer va camino de convertirse en un acto de rebeldía analógica. Dedicar un instante a disfrutar de un libro en todo su esplendor intelectual y estético es un respiro para los sentidos.

Si pretendemos que esta costumbre arraigue, especialmente entre las generaciones digitales, resultaría hipócrita criticar fenómenos como el #Booktok o infravalorar el poder de una portada.

La curaduría de arte lleva tiempo reivindicándose como una actividad creativa de primer nivel y el diseño editorial bien merece un reconocimiento paralelo. Ambas disciplinas se enfocan en mejorar la experiencia del consumidor, ya sea un visitante o un lector.

Además de difusión, el producto cultural requiere de mediación para conectar con un público amplio. En el caso de los libros, esta labor recae en gran medida sobre los directores de arte, maquetadores, ilustradores y diseñadores gráficos, que los hacen más atractivos y accesibles.

Dicho eso, el diseño no debería eclipsar a la literatura, sino ser su aliado. Las redes sociales dan visibilidad a las propuestas culturales, pero también desdibujan los límites entre la estética y la superficialidad. Es responsabilidad de cada uno mantener el equilibrio para honrar la esencia de la obra.

También es cierto que de todos los guilty pleasures en los que podríamos caer, juzgar un libro por su portada es de los que menos contraindicaciones tiene. No sube la glucosa en sangre y podría conducirnos a nuestra próxima obsesión literaria…

Friendly reminder: para leer no es necesario comprar, si vais a sucumbir a la tentación, ¡hacedlo primero en vuestra biblioteca de confianza!

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