Hubo un momento en el que para Gustavo Adolfo Bécquer la esencia misma de la poesía se hallaba en los ojos de su interlocutora. Por supuesto, se trata de una licencia literaria que ha pasado a la historia como una delicada declaración de amor, pero encierra un mensaje en el que merece la pena ahondar.
En su ensayo Vindicación del arte en la era del artificio, J. F. Martel describe toda gran obra como un “apocalipsis silencioso”, una fuerza devastadora que arrasa con la realidad colindante. “En este sentido, el arte es la transfiguración del mundo”.
Si buscamos esa misma fuerza en los ojos azules que protagonizan la rima, veremos cómo el poeta de las golondrinas expresó una idea similar. El arte en todas sus variantes tiene el poder de atraparnos, aislarnos, despojarnos del ego y grabar en nosotros nuevas y vívidas impresiones. Tal y como nos imaginamos que lo hacía aquella mujer cuando sostenía la mirada de Bécquer.
En efecto, la creación y la destrucción son conceptos estrechamente ligados. Para crear muchas veces hay que destruir primero, pensemos en los Esclavos de Miguel Ángel, emergiendo del bloque de mármol bajo los golpes de martillo y cincel.
Moviéndonos en un plano descriptivo tan abstracto, establecer límites en el arte se vuelve una tarea profundamente ingrata y difícil de realizar con el suficiente acierto.
Aun así la misma cruda pregunta reverbera con mayor o menor ironía en las salas de museos, ferias y galerías: “¿Esto es arte?”. Ante la imposibilidad de llegar a un acuerdo unánime, lo mejor es responder: “¿Y tú me lo preguntas? Arte, eres tú”.
Stendhal cuenta en su libro Roma, Nápoles y Florencia, que durante su visita a la Basílica de la Santa Croce, sintió palpitaciones y se mareó ante aquel despliegue de belleza, pero muchas personas han cruzado el mismo umbral sin percibir ningún cambio en sus signos vitales.
Esto es porque la experiencia artística es subjetiva. La pena es que los compartimentos que hemos construido a su alrededor son tan rígidos que nos han hecho olvidarlo.
Rescatar los planteamientos de autores tan diversos nos sirve para reflexionar sobre la forma en que nos relacionamos con los productos culturales. Las clasificaciones y normas académicas han facilitado su estudio, no su disfrute.
Frente a la frialdad institucional, el antídoto son las emociones. No hace falta alcanzar la intensidad de los románticos, solo dejarse llevar un poco. Ojalá este ejercicio nos ayude a entender que cada persona tiene su propio Santa Croce y puede ser una iglesia gótica, pero también una silla labrada o un bordado floral.


